El descubrimiento como escritor: toda una razón para alegrarse

Artículo 5 («1428»). Cuando comienzas a escribir, todo te parece de las mil maravillas. Amas lo que haces y no quieres soltarlo, no quieres cambiarlo, ni siquiera una «pe». Pero a medida que vas envolviéndote de lleno en eso que todos conocemos como «literatura» descubres que lo tuyo no es nada en comparación con el trabajo de otros escritores. He ahí una trampa: pudieras debilitarte si comparas tu trabajo con el de otros, sobre todo con los grandes, con los que, a base de fuerza, lectura y empeño, descubrieron su lugar en la literatura, hicieron grandes aportes y nos regalaron libros que son más que eso: son verdaderas artesanías de la palabra.

Tú y yo, sin embargo, somos apenas unos juntaletras que estamos experimentando. Pero esa época pasará y los buenos tiempos comenzarán a avistarse. Dejaremos de ser unos simples críos, unos gilipollas, y nos meteremos de lleno en el rollo de contar historias o formular poemas, escribir ensayos o artículos interesantes de internet.

Este artículo no pretende desanimarte, sino ayudarte a recordar que en todo gran esfuerzo llega a haber un resultado. De la mucha lectura se extraen grandes cosas. No te desanimes, igual que yo intento no hacerlo. Hablemos un poco de lo que la lectura logra en un escritor en ciernes.

He descubierto, por mi compañía con otros aspirantes a escritores, que eso de que leer forma grandes escritores es un concepto tan sencillo como peligroso. En realidad, la mera lectura no forma escritores. Lo que lo hace es saber leer como un escritor. Al respecto, hay mucho publicado en Internet y en libros; no ahondaré demasiado en el tema porque no soy ninguna autoridad; solo intento decir que la lectura activa y el estudio de los libros que son grandes por una u otra razón es, en realidad, lo que te convierte en ese escritor que quieres ser. Prestar atención a los detalles, a las voces del narrador, a los puntos de vista de los personajes, a las técnicas narrativas. No por nada se ha dicho que para ser escritor es preciso pensar en el lenguaje.

El escritor piensa en el lenguaje, y si tú crees que no es así, bueno, lo respeto, pero no es lo que piensan los grandes como Pérez-Reverte, Tolstoi, Chéjov, Borges, King y Vargas Llosa. Si tu arma ha perdido el filo, dedicarás demasiadas energías a lograr propósitos poco satisfactorios. En cambio, si tu arma —la palabra, la escritura— está en óptimas condiciones, lograrás mucho. Por ejemplo, darte cuenta de que lo primero que has escrito ni siquiera se acerca a la verdadera literatura. Es poco menos que el empeño de un aprendiz, de un juntaletras, de un escribidor provinciano, o como quieras verlo.

Yo he aprendido a distinguir un gerundio de un participio, un verbo regular de uno irregular. He aprendido que no se dice «el motivo del porqué» sino «el motivo por el que» o «el porqué de». Cosas así, ¿me entiendes? Son datitos pequeños que hacen grandes diferencias. George R. R. Martin escribió que en los detalles se ocultan los demonios, esto es, que es fácil descuidar las pequeñas cosas porque las consideramos intrascendentes; entonces vienen los problemas. Hasta el propio Cristo advirtió contra la actitud de dejadez en cuanto a los detalles que podrían considerarse superfluos. No es que estuviera inspirando un espíritu de perfeccionismo. Solo intentaba alertarnos contra la tendencia humana a la dejadez y el descuido. La lectura ayuda, pero ver un libro a grandes rasgos no te aportará nada.

Uno de mis amigos lectores suele jactarse de leer un librote de 1500 páginas (digamos, It (Eso), de Stephen King) en menos de dos semanas. No niego que la idea de leer rápido llame la atención, sobre todo para uno como escritor: consumir libros más rápido nos ayudaría a abarcar más en menos tiempo, lo que es igual a descubrir más historias en menos tiempo, lo que es igual a más ideas para nuestras historias… ¡No! Lamentablemente, no ocurre así. El escritor que lee de pasada una enorme cantidad de libros no el mismo que el escritor que lee con detenimiento y progresa en su buen hacer. La cosa está en lo que dijo Martin: «En los detallitos están los demonios», o: «En los detalles están los problemas».

Una vez un chico asistió a un seminario sobre lectura rápida. Te enseñan a no «subvocalizar» y toda la cosa. En medio de la clase, el maestro preguntó por qué motivo asistían al curso. Alguien levantó la mano y dijo que quería leer libros más rápido, pues era escritor. El maestro le dijo: «Entonces este curso no es para ti, porque lo que menos hace un escritor bueno y consagrado es leer rápido una obra literaria». Me sorprendió la anécdota. Desde entonces, jamás me he interesado en callar la vocecita que lee en mis pensamientos. El escritor ama oírse leer el texto que tiene ante sí. No intenta abarcarlo rápido, para terminar cuanto antes. No es de los que se quejan porque el libro «tiene demasiadas páginas y no podrá terminarlo pronto». El escritor ama los libros y los lee con gusto.

Después de aprender a leer con atención —activamente, si se me permite el adverbio—, es necesario que comprendas que para la lectura no hay un límite de tiempo. Y, a propósito, quiero aclarar algo: si vas a leerte un tabique de 1500 páginas en dos semanas, es mejor que te jactes de haberle dedicado tardes enteras a la lectura del libro. Eso sería diferente. Si dedicas quince tardes enteras, supongamos, de seis horas cada una, y con ello te acabas el tabique, ¡excelente! Creo que has hecho la tarea; tienes razones suficientes para estar contento con tu rendimiento lector. De esto sacamos la lección: no hay límite de tiempo, pero sí de velocidad. Baja la velocidad y hazte preguntas a medida que leas: ¿por qué el escritor organizó de esta forma la novela? ¿Cuántas voces narrativas usa? ¿Desde el punto de vista de quién se narran los hechos? Esa lectura hará que tu cerebro funcione al 100 %. Estarás bullendo por dentro, creciendo y evolucionando como si te acercaras a la masa crítica.

El tiempo hará su parte, claro.

Al cabo de unos meses, estarás en ese punto de la vida en que te concientizas y aprendes a distinguir lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, lo bien escrito y lo infumable. Das un paso hacia adelante como escritor. Es duro, sí; a nadie le gusta que le digan que lo que ha hecho está mal, pero, hombre, nadie te lo va a decir, así que no vas a pasar por una vergüenza pública; lo descubrirás por ti mismo y será grato, te lo prometo, porque se te abrirán las puertas a un mundo de posibilidades. Cierto es que tendrás mucho que aprender a partir de entonces, pero ese aprendizaje no será más que parte del crecimiento. De lo contrario, si cierras los ojos y te haces la idea de que lo tuyo es inmejorable, arruinarás tu vida en el oficio para sentarte en el trono de la conformidad absoluta. Nada peor que eso para un artista de alto calibre, uno como el que te gustaría ser.

Mientras que aprendes, no dejes de escribir. Es lo que yo intento hacer a diario, sin presión y sin críticas despiadadas. Cuando terminé de leerme cierta novela, quise ponerme de inmediato a escribir algo en el mismo tono. Por desgracia, todavía me hacía falta leer otros tomos más antes de hacerme con un buen cuento o un buen poema.

El descubrimiento es mucho mejor que todo lo que uno haya podido hacer a base de inexperiencia. El descubrimiento lo es todo, para honrar la verdad. Si llegas a descubrir que lo tuyo es una porquería, habrás puesto los pies sobre la tierra, amigo mío. A partir de entonces, te queda una jungla de aventuras.

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