HISTORIAS NOCTURNAS | FRAGMENTO del relato «El misterio del piso 17»

—¿Todavía nada, Flores? Una teoría creíble o algo —dijo el agente Fernández al forense por el micrófono de la habitación contigua a la sala de autopsias.

Ambos podían verse a través del vidrio de la amplia ven­tana.

El forense miraba el cadáver recién llegado, que estaba tendido sobre la plancha metálica; esperaba un familiar del joven fallecido para dar comienzo a la autopsia (evidentemente, había un retraso). No despegaba los ojos de aquel antebrazo semicalcinado.

El cadáver había sido identificado por la policía con el nombre de Manuel Isaac López Bermúdez. Se hallaba con los ojos cerrados en una postura un tanto encorvada e informe —como si la muerte lo hubiera sorprendido durmiendo una siesta en el interior de un congelador— y tenía heridas purulentas y carcomidas, los dedos de las manos contraídos por el rigor mortis, hoyos semejantes a mordiscos en la oreja derecha y en el centro de la espalda. Era el vivo retrato de un alma azotada por un monstruo sigiloso pero implacable.

—¿Quiere que le diga la verdad? —dijo Flores. Llevaba una bata quirúrgica de color azul, unos guantes de nitrilo, un tapabocas N95 y un gorro atado a la cabeza. Era un hombre flaco, viejo, de apariencia gentil, de unos setenta años tal vez.

—No se retenga —le respondió el agente—. Dígame.

—Lo que he podido ver hasta ahora no me gusta nada. Años en este oficio no me habían traído nunca algo así, dentro de este contexto, quiero decir. Me atrevo a conjeturas: que ha muerto por envenenamiento o intoxicación severa, a juzgar por la lata de insecticida que tenía en la mano. Claro, no es más que un juicio mío; no tengo pruebas concretas todavía. Falta la autopsia, el toxicológico, etcétera. Téngame paciencia, es lo que le pido.

El agente advirtió que el forense guardaba una expresión sorprendida e incrédula. Las heridas que había por todo el cuerpo del muchacho no se relacionaban con nada que hubiera visto antes ni en un solo caso, adivinó.

Flores practicaba autopsias desde hacía treinta y nueve años como mínimo, pero jamás había observado esa mezcla entre infección con pus, quemaduras de tercer grado y mor­deduras serias que parecían haber sido producidas por algún animal venenoso. Ensimismado, continuó:

—Tomando en cuenta que lo encontraron casi cuatro días después de muerto, encerrado en su baño, con esa lata en la mano… No sé. ¿Usted qué dice, Roger? ¿Qué ha pensado? —Dirigió la mirada a la ventana. Vio al agente sentado con las piernas cruzadas y subidas encima de la mesa metálica. El micrófono casi reposaba en su pecho.

—La hipótesis que estamos manejando por ahora es sui­cidio, aunque haya cosas increíbles por aquí y por allá. Será complicado cerrar el caso, pero no me veo investigando algo tan descabellado que tiene pinta de ser un crimen pero ninguna prueba que apunte hacia allá. Vaya locura. —El agente Fernández hizo un silencio que el forense no intentó llenar—. Todo es bien extraño, pero nada muestra otra dirección. Tenemos horas de videos de seguridad, testimonios consistentes… Suicidio es lo único. El chico no salió de su apartamento y nadie entró para hacerle daño.

Flores convino con un asentimiento de cabeza.

—Que es lo que está de acuerdo con la escena —dijo—, pero no con el testimonio de su propio cuerpo. Y si nadie forzó el apartamento, porque las cámaras no captaron ningún movimiento sospechoso, es ahí donde está el gran misterio. Como dicen los italianos: «No es verdad, pero está buena la ocurrencia». Dígame otra vez cómo fue que lo encontraron exactamente.

—¿Quiere decir la escena? —El agente se quedó pensando un momento—. A ver, se lo digo en jerga nuestra: estaba tirado en posición sedente con algunos componentes de crueldad, ¿me entiende?: sangre sobre las baldosas, maltrato físico, traumas en el cuerpo… Ningún indicio de abuso sexual, obviamente… Pero si se refiere a cómo dimos con él, pues fue por la vecina de al lado, que hizo la llamada por un «extraño olor a cerdo en descomposición». —Hizo las comillas con dos dedos de cada mano.

—Ajá, sí, me refería a la escena; lo otro ya lo supe.

—Bueno. Nadie se imaginaba algo así —dijo Fernández, meditabundo, y señaló el cadáver—. O nadie quería imaginarlo. Supongo que fue imposible para los vecinos ayudarlo porque nunca escucharon portazos ni gritos de auxilio. Dicen algunos que lo único que alcanzaron a oír en algún momento de esos días fue como el zumbido penetrante de un insecto, un insecto gigante. Babosadas que se inventa la gente cuando alguien muere, digo yo. Ah, pero muchos coincidieron en eso. A mí me parece extraño. Me valen las coincidencias; quizá lo dicen para no comprometerse con el caso, que es lo más seguro.

—Me parece razonable —dijo Flores, acariciando con los dedos una tijera de disección. Bajo el radiante esplendor de las lámparas, su rostro tenía una nota de tensión, casi de preocupación, pese a que conservaba las facciones típicas de un hombre que sabe lo que hace.

—Yo también —convino Fernández. Bajó los pies de la mesa, se levantó, se llevó las manos a los bolsillos y miró al cielo raso de la sala—. Habríamos ido más pronto si a alguno se le hubiera ocurrido decir que había una persona muerta.

El médico movió la cabeza pacientemente. Su rostro di­bujó de pronto un gesto de extrañeza, sucumbió al embate breve pero feroz de su aparente incapacidad para anticipar causas probables de muerte. En otros casos, solo al mirar el cuerpo habría podido anticipar, con notable pericia, lo que la autopsia y los demás exámenes revelarían. No así con este.

Fernández guardó silencio unos segundos. Parecía ensimismado. Entonces, como si se le hubiera ocurrido una buena forma de continuar con la conversación, dijo:

—Hay veces en que uno está para morir y no hay fuerza sobre la Tierra que pueda impedirlo, digo. Llevo mucho en este trabajo y me siento convencido de que así es en muchos casos. Uno ve las cosas más estúpidas e inverosímiles, ¿y sabe algo, Flores? Cuando uno las cuenta, así sea en familia, allá con la esposa, nadie las cree. Lo miran a uno como un hablador de paja nomás. A este chico le hicieron casi noventa intentos de llamadas, gran parte fue de la chica que luego supimos era su novia. Una locura. Contactamos con ella en la brevedad y, en efecto, nos aseguró que había ido hasta su apartamento dos veces para intentar localizarlo (exactamente cuando llevaba al menos un día y medio muerto), pero al no poder dar con él, comenzó a buscar a sus padres, los de Manuel, quiero decir. Llevaba ya un par de días sin ir a clases. Como no pudo encontrar los teléfonos ni los perfiles en Facebook de los papás, dice ella que optó por tranquilizarse y pensar que su novio había decidido «darse una escapada» para despejar la mente. Que él solía hacer eso a veces, dijo. Nos pareció un poco tonto, pero como no hay nada que nos haga sospechar de ella, la hemos dejado tranquila. Parece muy triste por la muerte de su novio. Y ahí es donde digo yo por qué él nunca fue capaz de darle los números de sus papás por si algo le pasaba.

El forense apenas escuchaba mientras contemplaba el ca­­dáver; se le había quedado en la cabeza esa frase aparentemente tonta pero muy cierta, dadas las circunstancias: «Uno ve las cosas más estúpidas e inverosímiles».

Entró en la sala un enfermero y el doctor le dio algunas instrucciones para que fuera el escribiente. Luego entraron otros dos con batas azules y se llevaron el cuerpo a una sala contigua, a la espera del familiar del difunto, que seguía sin presentarse. El doctor se quedó en la sala de autopsias; tomó asiento en un banquillo y comenzó a ordenar sus implementos. Ahora pensaba que estaba siendo testigo de una circunstancia ‘estúpida e inverosímil’. Él mismo no podía creerlo. ¿Qué había pasado con ese chico? ¿Qué, por el amor de dios?

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