Los «problemas mentales» de los novelistas que escriben sobre cosas crudas

¿Tiene un novelista «graves problemas mentales» porque tiene la habilidad retratar la crudeza de la vida y, en ocasiones, sin censura alguna? He conocido personas que piensan eso. Atribuyen los relatos retorcidos y siniestros a los efectos de una mala cabeza, como si las cabezas «santas e inocuas» no pudieran ser capaces de concebir con viveza las cosas más aviesas y asquerosas de nuestra realidad. Partamos de una premisa fundamental: la mayoría de los novelistas no escriben sobre las morbosidades que les gustarían llevar a cabo; algunos se hacen con una noticia o con la personalidad de un criminal de nuestra realidad y convierten ese material en ficción con el propósito de entretener o transmitir un mensaje. No digo que sea un proceso inmaculado, pero tampoco es el asador del mismísimo Satanás.

Tal vez suene un tanto absurdo, pero hasta hay lectores que creen que a través de los libros de ficción pueden descubrir al autor. Lamento informarles que eso no es cierto; por algo es ficción. Los novelistas no escriben sobre sí mismos —a menos que practiquen la narrativa confesional, y sí, hay quienes hacen eso—. Con frecuencia escriben de lo que leen en la prensa o en otros libros, de lo que han conocido, aunque no siempre de primera mano.

Desde mi punto de vista, los realmente retorcidos son quienes que no saben separar la ficción de la realidad, quienes son incapaces de distinguir entre lo que se puede hacer y lo que no. ¡Y vaya tristeza y lástima que inspiran estos pobres lectores, los que no reconocen la frontera entre la fantasía y el mundo real! Llegan a ser una especie de quijotes, pero sin chiste y, frecuentemente, con resultados mucho más desgraciados.

¿EL ESCRITOR O EL LECTOR?

Supongamos que alguien lee una novela que se adentra en los pensamientos de una persona que considera el suicidio como una opción legítima al cese de sus problemas (supongamos que sea Por trece razones, del escritor Jay Asher). Este tipo de obras no tienen como objetivo incitar a nadie al suicidio ni comunicar de parte del escritor su punto de vista sobre el tema. Es mera exposición, mero arte de entrar en una cabeza humana y traer al lector una realidad que, de otro modo, sería difícil de comprender. Esa es la ficción: una realidad ilustrada que nos acerca a la vida que, sin ella, nos sería imposible llegar a conocer.

¿Y qué decir de aquellos libros que se venden como «basados en una historia real»? Quizá eso diga algo sobre lo que usó el escritor como base para su inspiración, pero no mucho más. Y los lectores más asiduos estaremos de acuerdo en que hay historias completamente inventadas que son más reales que una que dice estar «basada en la realidad». En otras palabras, el buen novelista no acude a la «realidad absoluta» para dotar de realidad su ficción; eso sería tomar un atajo como el de la Caperucita. Es mejor seguir el camino regular y usar los recursos novelísticos en pro de una buena novela o un buen relato.

Hace algunos años, en la plataforma de Wattpad, un chico publicó una historia sobre un asesinato. Era algo así como una historia profética, pues él mismo fantaseaba con la idea de dar muerte a una chica —se llamaba Veronika Corona—. Este es un caso (raro y atípico) de lo que llamamos narrativa confesional, que no es muy diferente a lo que hace la gente cuando se confiesa ante un cura en la iglesia: cuentan su historia. Sin embargo, este tipo de cosas son noticia precisamente porque no ocurren con frecuencia. Además, nadie puede asegurar que Conejito, así se llamaba la obra de este chico en Wattpad, tuvo que haberse merecido un premio literario por su riqueza artística.

La verdad es que hace falta más que una mente enferma para fabricar grandes historias. Hace falta un sentido muy lúcido para identificar las emociones, los sistemas de cosas, la economía, la religión, la medicina y mucho más, que son la materia prima de toda novela.

También está el asunto de que no toda persona es apta para leer cierta clase de contenido. Hay historias que pueden caer en las manos equivocadas. Pueden llegar al poder de alguien con SERIOS PROBLEMAS MENTALES, que use la historia como combustible de sus propios pensamientos viles. (Tengo que confesar aquí que estoy en contra del suicidio y de todo lo grotesco que se incluya en la literatura, incluido el asesinato de Santiago Nasar en Crónica de una muerte anunciada). Ahora bien, ¿es culpa del novelista? No necesariamente. Él pudo ahorrarse la tarea de escribir algo para no perjudicar a nadie, pero si todos los autores pensáramos de esa forma, creo que existirían muy pocas novelas interesantes. Tal vez ni siquiera la Biblia existiría como la conocemos, pues Dios se habría ahorrado el tener que incluir en su libro historias como la del hombre que descuartizó a su mujer y envió cada pedazo del cuerpo a una región diferente de su país, o aquella en la que le rebanan la panza al rey gordo, o aquella en la que David decapita a Goliat. Vaya que hay gente que se ha «basado» en la Biblia para cometer horrores en la historia, pero es injusto culpar al libro. Un niño sin orientación familiar podría nutrirse de noticias negativas para cometer grandes delitos. Bueno, eso es problema del niño y de sus padres. Hay millones de personas que reciben la misma noticia y no andan pensando en acabar con la Tierra. Lo mismo ocurre con una novela: hay miles de lectores que disfrutan de las peripecias del quijote y Sancho Panza y no andan pensando en pelear contra molinos de viento; hay gente que ha leído Sinuhé, el egipcio y no terminan creyendo que son hijos perdidos de una dinastía de faraones.

Los distorsionados siempre encuentran un recurso para su distorsión. Si hay gente que se masturba viendo a una reportera de televisión hablar sobre la guerra en Israel, ¿qué se puede esperar de un enfermo mental que agarra un libro sobre pistoleros? Quizá creerá que su casa es Mundo Medio y a partir de entonces querrá que lo llamen Roland de Gilead… ¡¿Quién lo puede adivinar?!

CASOS REALES

Las autoridades de Estados Unidos le imputaron culpa (o, más bien, «responsabilizaron indirectamente», no lo tengo claro) a Stephen King por una serie de tiroteos ocurridos en centros de estudio. Afirmaban que los jóvenes criminales estaban influidos por la novela Rabia, publicada por King bajo el pseudónimo de Richard Bachman. La novela no animaba a nadie a cometer tiroteos, solo retrataba el desequilibrio mental de un joven de Estados Unidos que sufría de esquizofrenia y llevaba una vida familiar muy complicada. ¿De quién fue la culpa en realidad? No soy abogado de Stephen King ni de ningún autor, tampoco me dedico al análisis de los sucesos mundiales, pero lo que sí me atrevo a decir es que, si alguien tiene problemas mentales, no debería meterse en campos minados. Creo que después de que King prohibiera Rabia como castigo a sus lectores, a nadie más se le ha ocurrido llevar a la práctica extrema lo que él narra en sus novelas. Claro, ya no se arriesgan a que el autor prohíba otra de sus grandes obras.

Por el resto, dejemos que los autores escriban tranquilos sobre lo que deseen. Si no nos gusta lo que escriben, dejémoslo y ya está. Hay muchas historias positivas y amenas que no atacan de forma tan perversa nuestras debilidades emocionales. Y si eres padre, supervisa lo que tu hijo lee, escucha, juega o maquina.

¿QUÉ HACER?

Sobre esto último, tengo una anécdota interesante. Dentro de algunas fes cristianas, los ídolos son algo repugnante. Hasta la palabra ídolo chirrea en los oídos. Y entiéndase el término como algo o alguien a quien se le entrega la adoración que solo debe recibir el Dios verdadero de la Biblia. Pues me fijé en un niño de cierta rama cristiana decirle a su compañero de juegos: «¡Destruiré a tu ídolo! ¡Mira lo que hago con tu ídolo!». Ambos compartían creencias, según me fijé, pero algo en la crianza de estos pequeños no andaba muy bien —era inconexa con la religión que profesaban—. Cosas por el estilo suceden siempre. Por eso, antes de juzgar un libro (que si la saga de After «enseña» a tener un amor tóxico o que si Cien años de soledad «aprueba» el incesto), deberíamos todos detenernos a analizar las obras con un ojo más objetivo y menos fofo. Si no te sientes cómodo con ningún libro, ponte a arreglar el jardín o intenta conocer mejor la comarca donde vives. Los libros de ficción no «enseñan» o «incitan», solo exponen una situación y cuentan una historia —el aprendizaje es pasivo, en todo caso, y llega a un punto peligroso cuando el lector deja de percibir la frontera entre la realidad y la ficción—.

Es magnífico que cada quien tenga sus criterio sobre lo que va a leer. Eso no lo critico. Pero, en el mundo de los libros, de lo que estamos cansados es de los lectores y los no lectores que nos juzgan por lo que escribimos y nos malponen ante la sociedad como unos perversos y unos sucios. No tenemos que pasar por ciertas experiencias para poder describirlas. ¿O es que acaso Julio Verne hizo todos aquellos «viajes extraordinarios» que cuenta en sus magníficas historias? ¡Por favor! Es tal como dije arriba, aprendamos a separar la imaginación de la realidad. En cierta oportunidad leí en una novela que se describía el sabor de la sangre como «dulzón». Yo nunca he probado la sangre, pero aquella descripción se me quedó grabada. Quizá el autor sufría de gingivitis o se mordió la lengua un día que mascaba chicle. Nadie puede estar seguro. Si algún día tuviera que decir que uno de mis personajes, mascando un chicle, se muerde la lengua y degusta el sabor de su propia sangre, recurriré a este recuerdo para poder describirla. ¡Ya está! (Tampoco diré que la sangre sabe a algodón de azúcar [!]).

Si logramos dejar de criticar y juzgar a los demás, seremos muy felices, leamos mucho o no.

Si te agradó la lectura de este texto, déjame un comentario. Y si no, también. Un saludo cordial y muchísimas gracias.

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